5 Haikús iniciales

A continuación, los 5 primeros Haikús que he escrito.

El Haikú es un escrito de origen japonés que consta de tres versos y se le asocia a la contemplación de todo lo que existe, a través de una perspectiva relacionada a la naturaleza. Una breve composición en cuya sencillez se guarda tremenda profundidad y reflexión.

Las estrellas cabalgaron

y se durmieron

sobre tus mejillas.

 

En las nubes guardé

mi amor transparente.

Llovió y te empapaste.

 

En las montañas escondí

la caricia de tu mano

que alguna vez soñé.

 

En el rio dejé ir

el beso de tu boca y alma

que siempre anhelé.

 

El suspiro al oído

naufragó en la bulla

que causa la distancia.

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Pena de muerte

 

 
 
 
“Now for my last–let me look back a moment; 
the slower fainter ticking of the clock is in me, 
exit, nightfall, and soon the heart-thud stopping.”
 
“Déjame mirar atrás por última vez.
Siento en mí el leve y menguante tic tac del reloj.
Muerte, noche, y pronto se detendrá el latir de mi corazón.”[1]

WALT WHITMAN.
 
Con frecuencia últimamente me encuentro ante los dos jueces
más implacables y frecuentes del humano:
el Espejo y la Memoria.
El primero que nos impone
-dejándonos un innato dolor-
el ver qué somos hoy;
el segundo nos lleva al ahogo
de ver y hasta vivir un instante
de lo que fuimos antes.
Cada arruga que en mi rostro se traza
es el vestigio de alguna sonrisa o sollozo
que proferí siendo un enérgico y noble niño,
un confundido y dolorido joven,
o un corpulento y fatuo adulto.
Cada arruga que se dibuja en mi cuerpo
es el rastro de cada otoño ya vivido;
y son tantas las que poseo
que no sé cuántos años tengo.

Mis hijos al pasar los años se fueron yendo,
para forjar una familia como yo hice con ellos,
y así, encontré hace mucho mi mejor compañía:
un reloj que dicta los días que me quedan,
pues siendo viejo ya la cuenta es regresiva.

La enfermedad me acechó entre sombras.
Me escabullí entre los días sin que me viera,
y cuando creí que la había perdido,
recayó ante mí con brutalidad,
dejándome a la merced de la fúnebre palidez.
Cada día que pasa me veo inmerso
en una insoportable y cruda soledad,
escuchando mientras concilio el sueño
los pasos que nunca me atreví a dar,
sintiendo en el pecho los amores que se fueron.
Son pues estos dos jueces fruto de mí mismo,
y del devenir implacable que hay en la vejez
para cada ser vivo que logra llegar hasta aquí.
Ya no me defiendo; sólo espero.
Ya no caigo en vacío ni llanto; recuerdo todo, sonriente.

Así, hoy me encuentro a pocos días de la muerte.
Consolándome al pensar que iré a donde mis antepasados
también han sido llevados,
al saber que seré lo que fui
justo antes de nacer y recorrer este mundo
poblado de gente y yermo de comprensión:
un alma que divaga rincones del mundo,
que sobrevuela pasajes del universo,
que busca sin descanso y con empeño
un breve momento de la eternidad,
en el cual habitar y saber qué es la vida.


[1] En la versión de Agustí Bartra.

Es el Sur

 

A Bogotá.
 
 
No resulta fácil escribir sobre un lugar
que resulta tan ambiguo y diverso,
menos para quién no lo ha recorrido
en toda su rara y majestuosa inmensidad.
 
Son angostas y undívagas las calles,
por las que a diario debo ir caminando, 
pues están llenas de refugios y de casas
que albergan humildes o bandidos.
 
Puedo escuchar seguido, mientras transito,
muchos rumores, quejas y alaridos,
desde los que claman por un robo repentino,
hasta los que denuncian la agresión y el olvido.
 
El viento hace cabalgar pedazos de basura,
torbellinos de arena y ramas de árboles frágiles;
día a día, crepitan las manos de obreros explotados
y las cinturas de cansadas mujeres de casa.
 
Es frecuente escuchar en los medios,
las muertes, peleas, robos y otros delitos
-comunes ya-, que le ocurren, por estos barrios, 
a cualquier persona y a cualquier hora.
 
Hay casas que parecen de otra parte de la ciudad,
por sus lujosos enchapes y decorados,
pero no están situadas muy lejos de esas casas
de ladrillo, cemento y teja, y hasta de barro.
 
Hospitales grandes pero que no dan abasto,
colegios modernos hoy menospreciados,
bibliotecas formidables, ya olvidadas
semáforos como lugar de trabajo.
 
 
 
 
Hay madres y padres que madrugan y a sus hijos,
los arreglan, llevan y alientan a estudiar;
y les dan de comer, aunque deban quitarse
la comida y el agua de sus bocas ya marchitas.
 
Si bien es el Centro cuna de la historia,
el norte morada de adinerados,
el oriente hábito común de visitantes
y el occidente algo ecléctico,
 
Es el Sur lo que nos invoca la gloria
y el júbilo de estar sumido en el lodazal abismal,
y salir como si fuera una fuente de agua pura,
como si se saliera de allí sin miedo a la derrota,
 
De salir a enfrentar el mundo desangrado,
el país de gente corrupta y criminal, 
de confrontar la vida escasa de oportunidad y luz,
de sobrellevar a la capital colosal y dificultosa.
 
De abrir los ojos, y solo tomar agua de panela,
y sacar de allí la energía para la jornada,
de empacar un almuerzo en cualquier tarro
y al merendar sentir que es un gran banquete.
 
Acá llegan personas de todos los lares del país,
desde campesinos desplazados por la violencia,
indígenas que fueron expulsados de sus tierras,
o aquellos a quienes el destino arrojó aquí.
Tiene el Sur una magia indescifrable, 
que pocos nos aventuramos a descubrir,
pues es complejo darse cuenta sin recato
de la belleza que se oculta entre la miseria.
 
Es el lugar donde aun cabe otro en la mesa,
donde dejamos jugar al que recién llega,
donde se enseña y aprende también en las calles,
donde cualquier objeto es un mágico juguete.
 
Cada calle estrecha y gris de barrios abstractos,
cada persona que aquí habita, gustosa o molesta,
cada problema que se supera, no importa cuál sea,
cada día que se vive y sobrevive, cada noche ebria.
 
Toda esta abundancia de hechos singulares,
y los que faltan por nombrar -una infinidad- 
Es lo que componen este incomprendido,
riesgoso y único lugar que Es el Sur.

Se besaron

Se besaron