Es el Sur

 

A Bogotá.
 
 
No resulta fácil escribir sobre un lugar
que resulta tan ambiguo y diverso,
menos para quién no lo ha recorrido
en toda su rara y majestuosa inmensidad.
 
Son angostas y undívagas las calles,
por las que a diario debo ir caminando, 
pues están llenas de refugios y de casas
que albergan humildes o bandidos.
 
Puedo escuchar seguido, mientras transito,
muchos rumores, quejas y alaridos,
desde los que claman por un robo repentino,
hasta los que denuncian la agresión y el olvido.
 
El viento hace cabalgar pedazos de basura,
torbellinos de arena y ramas de árboles frágiles;
día a día, crepitan las manos de obreros explotados
y las cinturas de cansadas mujeres de casa.
 
Es frecuente escuchar en los medios,
las muertes, peleas, robos y otros delitos
-comunes ya-, que le ocurren, por estos barrios, 
a cualquier persona y a cualquier hora.
 
Hay casas que parecen de otra parte de la ciudad,
por sus lujosos enchapes y decorados,
pero no están situadas muy lejos de esas casas
de ladrillo, cemento y teja, y hasta de barro.
 
Hospitales grandes pero que no dan abasto,
colegios modernos hoy menospreciados,
bibliotecas formidables, ya olvidadas
semáforos como lugar de trabajo.
 
 
 
 
Hay madres y padres que madrugan y a sus hijos,
los arreglan, llevan y alientan a estudiar;
y les dan de comer, aunque deban quitarse
la comida y el agua de sus bocas ya marchitas.
 
Si bien es el Centro cuna de la historia,
el norte morada de adinerados,
el oriente hábito común de visitantes
y el occidente algo ecléctico,
 
Es el Sur lo que nos invoca la gloria
y el júbilo de estar sumido en el lodazal abismal,
y salir como si fuera una fuente de agua pura,
como si se saliera de allí sin miedo a la derrota,
 
De salir a enfrentar el mundo desangrado,
el país de gente corrupta y criminal, 
de confrontar la vida escasa de oportunidad y luz,
de sobrellevar a la capital colosal y dificultosa.
 
De abrir los ojos, y solo tomar agua de panela,
y sacar de allí la energía para la jornada,
de empacar un almuerzo en cualquier tarro
y al merendar sentir que es un gran banquete.
 
Acá llegan personas de todos los lares del país,
desde campesinos desplazados por la violencia,
indígenas que fueron expulsados de sus tierras,
o aquellos a quienes el destino arrojó aquí.
Tiene el Sur una magia indescifrable, 
que pocos nos aventuramos a descubrir,
pues es complejo darse cuenta sin recato
de la belleza que se oculta entre la miseria.
 
Es el lugar donde aun cabe otro en la mesa,
donde dejamos jugar al que recién llega,
donde se enseña y aprende también en las calles,
donde cualquier objeto es un mágico juguete.
 
Cada calle estrecha y gris de barrios abstractos,
cada persona que aquí habita, gustosa o molesta,
cada problema que se supera, no importa cuál sea,
cada día que se vive y sobrevive, cada noche ebria.
 
Toda esta abundancia de hechos singulares,
y los que faltan por nombrar -una infinidad- 
Es lo que componen este incomprendido,
riesgoso y único lugar que Es el Sur.
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