El reflejo y la hoja.

El reflejo y la hoja.

 Cuento corto.

Se dibujaba una tarde del marzo, Shammara caminaba tranquilamente por la calle. Había mucho viento pero hacía buen sol. Sólo había salido a dar una vuelta por el sector. Se dirigió al parque “El empíreo”. Cuando llegó se sentó en el pasto, al lado del lago central, y allí se acostó boca arriba. Contemplaba el cielo, con sus dos grandes y bellos ojos, lo miraba detalladamente, observaba cada movimiento de cada nube, intentando descifrar en qué dirección iba y porqué querían ir allí. Pasaron algunos cuartos de hora, y una gota de lluvia le calló en la mejilla derecha. Había perdido la noción de espacio-tiempo al mirar tanto el cielo, no sabía qué hora era ni en qué momento el cielo se volvió grisáceo. Se sentó, y luego se puso de rodillas. Estaba viendo el agua del lago, veía cómo las diminutas gotas hacían y dibujaban miles de grandes y hermosas ondas en el agua que yacía tranquila. Cada vez más sublimes ondas aparecían por doquier. Se acercó al lago y se miró en él, admiraba su reflejo – algo distorsionado por las ondas –. Ya no importaba el frío tan bestial que hacía, no importaban los rayos que caían en el horizonte, no importaba la lluvia que se había vuelto torrencial, no importaba la gente que corría, no importaban los movimientos de los peces, nada importaba, sólo ese momento.

De repente, se dio cuenta que el reflejo movía la boca. Sus oídos parecían haber quedado sordos, no escuchaban nada, hasta que el reflejo le dijo:

–         ¿Por qué intentas comprender al mundo y a las personas si tal vez ambos nunca te entenderán a ti?

Shammara no contestó. Se quedó muda. Seguía contemplando su reflejo, ahora con más asombro.

–         ¿Por qué te quedas callada?, ¿No piensas responderme?, ¿no sabes qué decir, tienes miedo o me quieres ignorar?

–         Sé lo que siento y lo que pienso, pero no sé cómo expresarlo acertadamente. – Replicó Shammara.

–         Tranquila, no te preocupes ni te compliques la vida buscando las palabras para expresar lo que eres. Es mejor así. Comprendo y me alegran tus palabras. Son pocas, pero puedo notar que son verdaderas.

–         Además, no sé quién eres. No puedo confiar en alguien que no conozco. Las personas con el tiempo más que aprender a amar, aprender a lastimar porque les es más fácil. Más que desconfiada, soy inteligente. Dime, ¿quién eres? – preguntó Shammara

–         Ah, qué bien. Veo que te parece lindo hablar contigo misma. Sí, yo soy tú.

–         Si eres yo, ¿por qué me preguntaste porqué intento comprender al mundo y a las personas? – preguntó de forma irónica.

–         Porque eso hacen los humanos. Todo el tiempo se interrogan a sí mismos. Tú, sobre todo tú. El sol cae, la luna sale. Ven mañana a esta hora. – dijo amablemente El Reflejo.

Algo estupefacta, Shammara se levantó y se marchó a su casa. No contó nada a nadie. Esa noche fue tranquila; durmió plácidamente. A la mañana siguiente, volvió a visitar aquellas aguas donde encontró su reflejo y donde se encontró a sí misma.

–         Hola, niña de ojos de luna. Me alegra que regresaras a verme… o bueno, que regresaras a verte. – dijo El Reflejo.

–         Dime para qué pediste que volviera – replicó Shammara, fríamente.

–         Te tengo un trato. Yo gano nada, tú ganas una existencia feliz y tranquila. – dijo sonriente.

–         ¿De qué hablas?, ¿qué trato? – con tono gruñón.

–         Es simple, quiero que encuentres la respuesta a muchas cosas, porque te estimo. Entonces, quiero convertirte en una hoja, igual a las que caen en otoño. – respondió El Reflejo, secamente.

–         ¡¿Qué?! – replicó Shammara muy exaltada.

–         Sólo tienes que decir: Si o no. Tienes hasta mañana para decirme. A esta misma hora acá, te espero.

–         Idiota. – Respondió furiosa.

Shammara tomó sus cosas. Se marchó rápidamente del lugar. Estaba furiosa. Su enojo, más que todo, consistía en el no saber por qué hablaba con un reflejo; más raro aún, porqué éste le propuso un trato tan ilógico. Todo le parecía absurdo.

Despertó, no sabía cómo había llegado a su casa ni qué había hecho el día anterior. Una deuda le hacía sentir que su alma se consumía y con cada minuto que pasaba se demacraba, sentía que su cuerpo se sentía vacío y que su existencia perdía sentido. Llegó un momento en el que no le quedó duda alguna, estaba segura que tenía que visitar su reflejo en aquel lago para que todo eso cesara. Y partió.

Cuando llegó, se miró al agua. Su reflejo era común y corriente. Esperó unos minutos. Se cansó, y en el momento en que iba a partir, una voz alegre se escuchó, dijo:

–         Espera.

Shammara giró y vio el agua. Allí estaba su reflejo, sonriente; contrario a la cara que ella tenía en ese momento.

–         Llegó el momento. Di: si o no.

–         Si digo que no, ¿qué pasará? – dijo Shammara, con tono firme.

–         Te condenarás tu misma a una vida aburrida.

–         Si digo si, ¿qué pasará?

–         Te convertirás en una hoja.

–         Y qué con eso… si siendo una mujer mi vida es aburrida y a veces angustiosa, no me imagino siendo una hoja. Una hoja inútil, indiferente para la gente, tan simple, tan transparente e invisible en la vida de cada ser que habita la tierra.

–         Te aseguro que es más que eso. Más de lo que cualquier humano imagina. No te diré qué sentirás, porque tú misma tienes que vivirlo. Te aseguro que te gustará, por más insegura que estés. Recuerda, soy tú misma, sé lo que deseas y asimismo sé lo que te conviene.

–         Está bien. Qué puedo perder… Acepto.

 

De repente, Shammara perdió el equilibrio y cayó al agua. Poco a poco llegó a lo más profundo y oscuro del lago. Se hundió rápidamente. No pudo nadar para salir. Cuando regresó a la superficie, quedó flotando sobre ésta. Era una hoja amarilla, grande y liviana.

–         Ahora serás feliz por siempre, siempre… siempre…  – dijo una voz con eco, entre el agua.

Hermosas gotas de rocío entraron por una ventana que estaba abierta en el cuarto de Shammara, y le cayeron en los ojos, despertándola del sueño profundo en que estaba. Ella, muy tranquila se levantó y fue a la cocina. Se sirvió una taza de café con dos cucharaditas de azúcar, una tostada con mantequilla, sacó de la nevera Crème brûlée de la noche anterior. Fue al comedor y comió. Ni el más leve recuerdo del sueño aquel pasaba por su mente. Cuando fue a beber el café, vio su reflejo, y recordó fugazmente hasta el detalle más minúsculo del sueño.

De repente, entendía todo el significado del sueño y lo que éste le quería decir. Una hoja de otoño, que reposa sobre el agua, y que los problemas de las personas no le afectan. Una hoja que es frágil ante unas manos que sólo saben destruir, pero sumamente fuerte ante el viento que choca contra todo su cuerpo delgado y descolorido, tanto así que se deja llevar por él, recorriendo el mundo, viendo desde lo alto como la gente vive agitada y es tan cambiante y relativa.  Así es, convertida en una hoja para siempre, o por lo menos, hasta que la humanidad cambie y deje de querer beber en vasos lóbregos de discordia esos tragos de ignorancia, avaricia y maldad.

Ser una hoja es lo que anhela todo humano, allí culminan muchos sueños que tiene en común la humanidad: vivir en paz, poder volar, ser sencillo y que la vida sea simple y la existencia absolutamente hermosa.

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