3 escritos.

3 Escritos.

Hechos con sueño.

::::::Corazón:::::: (POEMA EN PROSA)

Laten rápidamente las ventanas, y los espejos rotos son como arena del desierto abrasante, que te corta las venas del corazón. Sólo suenan, no se ven.

Todo es oscuro y un frío viento recorre este cuarto, el mundo afuera está muerto, congelado y demacrado. Lo único que corre por las venas es un miedo azul casi transparente, pero mortal.

Estoy condenado mil eternidades, a estar dentro de mí encerrado. No existe el cuerpo. El alma poco a poco se transforma en fantasmas que con el tiempo cada vez sufrirán más.

Una luna misteriosa aparece, y baja hasta mí, sólo para decirme que nunca moriré, pero que siempre estaré condenado a vivir aquí, condenado a total oscuridad y absoluta soledad, por lo menos hasta que enloquezca y deje de existir o de razonar sobre lo que nunca fui. Nunca jamás habrá un castigo peor que ese, para un hombre tan mortal como éste.

::::::Mundo mental:::::: (POEMA EN PROSA)

Tu mente es un río de sensaciones. Las sensaciones nacen y mueren en paralelo al sentimiento de existencia. Un mundo puede ser físico o ideal, y así todo eso juega con tu mente y necesitas volverte estoico, porque siempre estrellas aquel río contra muros de infamia e ignorancia.

La mentes varían, cambian y fluyen con la humanidad, dejándose llevar a abismos oscuros donde el cuerpo desaparece y como vieja leña gastada y quemada se extingue. Tus ojos ven lo que tu mente no espera ver, y después de ver sientes lo que tus ojos no sientes.

La mente forma telarañas psíquicas que tiemblan ante el mínimo viento de despiste. Sólo tú mantienes cristalina y forme aquel enredo.

Cada mente tiene un universo diferente. Cada universo es como una mente.

:::::: El sol no congela:::::: (CUENTO CORTO) 

El sol no congela, estoy bastante seguro. Idiotas los que digan que el sol puede congelar algo, dijo un hombre – bastante testarudo y arrogante -. Llegó un viejo, bastante sabio, y le dijo:

–          Pon en juego tu vida si crees y estás seguro de lo que dices.

–          Está bien – replicó el hombre.

–          Bien. Mañana ve al desierto a las doce del mediodía. Quédate ahí dos semanas y verás que te congelarás. Lleva el agua y la comida que necesites, pero no nada más.

–          Qué idioteces dices. Lo haré, y verás la verdad.

Al otro día el hombre cumplió el trato. No se supo algo de él en esas dos semanas. Cuando el sabio fue a verlo estaba bajo dos metros de arena muerto. El sol lo mató con sus rayos.  El cuerpo yacía tieso y CONGELADO.

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